viernes, 9 de julio de 2010

Caída libre - Capítulo XI - El final

Pasaron 2 meces después de la última conversación con Daniella. La extrañaba, me hacía mucha falta. Me dí cuenta de que ya no me importaba si éramos novios o amigos. Sólo quería verla y decirle cuanto la había extrañado. Cuanto la había pensado en esos 61 días, 1464 horas y muchos minutos e infinitos segundos. Cuantas noches había llorado recordándola, cuantas tristes melodías había compuesto, cuantas hojas de mi cuaderno había botado con su nombre, cuantos dibujos quemados, a cuantas personas les di la espalda cuando querían ayudarme, cuantos cigarrillos fumados, cuantos amigos perdidos.
¿Amigos perdidos? La verdad es que sólo perdí a una, la única amiga, Cielo. Por mi culpa, Cielo ya no era mi amiga. Pasó hace un mes, en la academia. Estaba deprimido y llegué a la academia tarde. Cielo me mandó un mensaje de texto diciéndome que quería conversar conmigo.

Tocó el timbre del descanzo, pero no salí me quedé en el salón de clases, echado en mi carpeta como una chica cuando está con su mes y no tiene ganas de nada, así estaba yo. No me dolían los ovarios sino el corazón. Pasaron cinco minutos y Cielo llegó y movió mi cabeza con su suave y cálida palma de su mano.
- ¡No molestes!, dije un poco exhaltado.
- ¿Qué te pasa?- preguntó Cielo algo confundida por mi reacción.
- Es que llegas y ni saludas y me golpeas.
- ¿Qué?, oye sólo te estaba molestando, estabas recostado, quería sacarte una sonrisa- dijo defendiéndose de tal calumnia.
- ¿Si?, pues ya no lo hagas- dije estúpidamente.

Cielo me miró con sus ojos marrones profundamente, suspiró y dijo:
- ¿Cómo puedes ser tan estúpido?, estás sufriendo por una chica que ni fue tu amiga, que sólo era superficial. Ahora, yo una amiga, tú única amiga, vengo a levantarte el ánimo y así es, ¿cómo me tratas?

Yo quedé mirándola, y reaccioné unos segundos después de que se marchara. Me di cuenta que tenía mucha razón. Quize buscarla pero no tuve la valentía.


Voy a ir a su casa, tocar el timbre, verla y decirle todo lo que siento. Todo lo que he callado este tiempo. Cantarle las canciones que le he compuesto, decirle que la he extrañado y por más que haya gritado su nombre tres veces frente un espejo no aparecía. Decirle que me hace falta. Darle un abrazo y un beso, decirle que estoy enamorado de ella, decirle que la quiero. Contemplarla todo el día y de vez en cuando hacerle caso en algún berrinche. Hacerle un pastel para disfrutarlo después del postre, llamarla para decirle nada más que un 'hola', decirle que si la pierdo no sólo pierdo al amor de mi vida, sino a una gran amiga, a mi mejor amiga.
Ahora, después de tanto tiempo, estoy dispuesto a recuperar a aquella chica que no hizo latir mi corazón, aún sin ella seguiría latiendo. No voy a recuperar a aquella chica que de pronto me beso en los labios con pasión. No voy a recuperar a la chica de los audífonos. No voy a recuperar a la chica que en mis sueños piensa en otros, y que ese sueño se haga real.
Voy a recuperar que de pronto me gritó a la cara con furor para darme cuenta de mi inmadurés. Voy a recuperar a la chica que llegó tarde y no me quizo decir que hora era. Voy a recuperar a la chica que en mis sueños aparece, y a la que los hace real todo los días.


Fui a su casa, no tenía reloj pero calculé que eran las 7 de la noche con los vientos y la humedad. Pasé por un parque y me robé un flor. Estaba ansioso, saqué mi último cigarro, y lo boté. No iba a besarla con un tufo a cigarro. Llegué a su casa y no sabía qué hacer. Era una casa de dos pisos y con dos puertas. No sabía cual tocar.
Todo estaba en silencio, no había nadie en esa calle. Comencé a silbar lo más fuerte que podía. Alunos perros comenzaron a ladrar. Mi miedo hacia ellos, desapareció un momento.
- ¡CIELO!, ¡CIELO!, ¡CIELO!... - gritaba una y otra vez.

Alguien salía por la ventana, no sabía quien era. Supuse que era su mamá. La señora, me hacía movimientos extraños con sus brasos como diciendo, 'no está', 'no quiere verte', no sabía que quería decir.
- ¡SEÑORA NECESITO HABLAR CON CIELO!, gritaba y gritaba cada vez más fuerte.

La señora me miraba y aún me hacía esas señales raras.

- ¿Thomás? - alguien preguntó. De pronto voltié y era Cielo.
- Esta es mi casa- dijo señalando con su brazo a la casa del costado.
Sonrió y me preguntó qué hacía aquí.

Me acerqué a ella, como novela mexicana, le mostré la rosa sacada del parque, y la tiré al piso. La aplasté con mi zapatilla. Cielo me preguntó qué estaba haciendo. Seguí con mi manera de ver las cosas.
La recogí y le dije: 'Esta rosa, soy yo. Me han pisado, me han destrozado. Y la mano que me recoge eres tú, sin importar como esté me ayudas a levantarme, eso es amistad.
Tú no eres una amiga así, a decir verdad no te considero una amiga. A tí si te importó como estaba, qué me había pasado y porqué me pisaron. Y si la respuesta a tus preguntas te agradaba o no, igual me ibas a levantar, eso no es amistad. Yo creo que eso es amor. No te quiero ver como una amiga, quiero verte como mi mujer.'

Hubo un silencio en aquella calle desolada, estaba esperando a que dijera algo.

FIN

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