viernes, 15 de enero de 2010

La fría noche nos calentaba. El gélido viento nos servía de abrigo. Sentados en dos banquitos mirándonos frente a frente, la soldedad nos acompañaba. Entre nosotros habían dos ladrillos y sobre él, una tabla de madera. Era nuestra mesita. En ella, habían dos vasos, una jarra con licor, una cajetilla de cigarros, un encendor, un maso de naipes, mi celular y una larga conversación para la gran noche. El fluorescente no prendía, parecía estar algo malogrado. A oscuras jugamos un par de juego con los naipes, y comenzamos a conversar. De pronto, el fluorescente se prendió por arte de magia. Sabía que en la casa de mi tío File penaban, pero no le dimos importancia. Comenzamos a hablar sobre cosas que habíamos vivido, algunos recuerdos, algún anécdota. Esos momentos, en la azotea de una casa, con humo en los pulmones, con alcohol en el hígado, con ella en mi mente y con todo en el universo, eran especiales. Mirando el infito cielo, intentaba ubicar donde quedaba aquel lugar. No era exacto, pero recordaba por donde pasaba el carro, las calles, avenidas y miraba un punto, y decía 'en esa dirección esta su casa', quizás no es gracioso ni interezante, pero para mí sí. Conversando con Esteban, sobre lo que sucedió díaz antes, surgió un tema muy particular... DIOS. Nunca antes había tenido una conversación así con Esteban, fue un momento muy particular. En algunas cosas no estabamos de acuerdo, pero en otras sí. Siendo más de la 1 de la mañana, nosotros seguíamos conpartiendo la noche. El sueño nos comenzaba a acosar. Ya cansados, botamos los filtros de los cigarrillos y exparcimos las cenizas. Dejamos las cosas dónde las habíamos encontrado y bajamos.

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