Marissa era todo lo que podia pedir. Era inteligente, siempre ocupaba los primeros puestos en su salón de clase. Era sencilla, podía congeniar con cualquier persona que conociera. Era bellísima, siempre me dejaba boquiabierto. Era encantadora, tenía esa mirada que hacía que me pierda en ellos. Era normalmente dotada, sus bustos encajaban bien en ese pecho y su trasero se llevaba bien con sus caderasa. Era bailarina, me encantaba como podía ser tan elegante hasta en la cumbia. Era una artísta, me hacía los dibujos más impresionantes que en mi vida pude imaginar. Era musical, tocaba la guitarra y cantaba afinadamente. Era todo lo que podía pedir, ya que yo tampoco era un Brad Pitt y no es porque tenga el autoestima baja sino porque soy realista y me acepto tal y como soy. El único defecto de Marissa era (o es) es que era muy emblemáticamente 'amigable'. Siempre me pareció regio que una persona tenga una vida social fluida y relajada. Pero Marissa era 'la amiga de todos' (seudónimo puesto por mi mejor amigo, Vladimir).
Marissa y yo cumplimos un año de enamorados hace 7 meces, y desde hace casi 6 que no la he vuelto a ver. Comenzamos la relación en Noviembre del 2009, estábamos en cuarto de secundaria. Estudiábamos en un colegio privado en Miraflores, yo era nuevo.
Nos conocimos gracias al curso de Matemáticas. El profesor Suárez, quería dos delegados para su curso, pidió al salón que escogieran a sus delegados. El salón comenzó a vociferar nombres. El profesor los cayó y me señaló. Lo miré sorprendido, con mi pulgar en mi pecho y mis cejas levantadas lo miré. 'Sí, tú'- dijo levantando su mano para que yo me parace. Lo hice, me levanté de la carpeta y todo el salón comenzó a silbar y a molestar, poniendo en juicio mi sexualidad.
- Di un número- dijo el profesor.
- Uhmm...¿16?- respondí.
Suárez comenzó a contar a los alumnos sentados en las carpetas con la ayuda de su dedo índice.
- 14, 15 y 16- dijo señalando a aquella chica de la cual comienzo a hablar en esta historia- Párate, Marissa.
Marissa se paró y el salón volvió a silbar y a gritar cosas obsenas, no digna para una señorita. El profesor me preguntó mi nombre. Y pidió que Marissa y yo demos una vuelta para que todo el salón nos pueda reconocer. Comenzó el barullo y los gritos de 'Bien Gonzalo, así se hace' o 'Gonzalo, te ganaste'. Sólo podía causarme gracia pero de pronto vi a Marissa y su cara no estaba blanca o pálida; sino, roja, como un tomate. Nos sentamos y el profesor comenzó su clase.
Pasó una semana, y nos volvió a tocar Matemáticas con Suárez. Llamó a sus delegados, osea Marissa y yo, para preguntarnos en qué nos habíamos quedado. Nos paramos para ir donde el profesor. Marissa andaba con una cara de no tener un buen aspecto, así que hablé yo. Le expliqué al profesor en qué nos habíamos quedado y el profesor comenzó a escribir en la pizarra. Y el salón comenzó a volverse, otra vez, un mercado. Los gritos y cochinadas se podían escuchar en todo el colegio. Miré a Marissa y parecía que andaba enferma. Pasaron unos minutos y necesitaba ir al baño. Me paré y fui donde el profesor a pedir permiso. No se negó. Salí del estadio al cuál llamaba salón de clases. Caminé hacia los servicios higiénicos y entré. Me lavé la cara con el agua helada del grifo. Salí y me dirigí hacia el salón, exactamente en ese momento, llegaba Marissa con un vaso de anís en las manos.
- ¿Estás bien?- le pregunté.
- Me duele mucho el estómago- me respondió quejándose.
- Seguro son gases- solté un pequeño chiste.
Se rio y abrí la puerta para que entremos. Mi padre siempre me enseñó a ser caballeros con las damas. Al entrar al salón sólo se escuchó como si una ambulancia estuviera ahí.
Ese fue nuestro primer contacto, el destino quizo que se enfermara y que mi vejiga quisiera expulsar líquidos.
Pasaron días y nos saludabamos con el apelativo de 'Sr. Delegado y Srta. Delegada', nos volvimos amigos en poco tiempo. De la amistad pasamos a algo más. Nos volvimos enamorados. Me encantaba esa chica, era perfecta. Pero todo comenzó a fallar cuando conoció a otro chico. Gonzalo. Era un chico que conoció porque su amiga se lo presentó. Era del colegio y se veía buena persona pero como que se volvió muy amigo de Gonzalo. Sabía que eran solamente amigos pero como que yo veía que no era sólo eso. Un día Marissa y yo tuvimos una discusión porque Gonzalo había puesto en la pizarra 'te quiero Marissa'. Yo e preguntaba que estaba haciendo ese sujeto, qué le sucedía. Pero ella me respondía que eran amigos y son amigos. No sabía que hacer, Marissa comenzó a llorar y a decir que no confiaba en ella, qué tenía miedo que suceda algo. Y se fue. Subió al último piso, yo me quedé pensando las cosas con calma. Decidí subir para decirle que tenía razón, que no debía de desconfiar siempre y cuando no me dé razones. Subí las escaleras. Y en el quinto escalón, se podía ver la cafetería y algunas mesas. En una de ellas, estaba Marissa con Gonzalo. Agarrados de las manos, frente con frente, mirándose con pasión. Yo me quedé estático, inmóbil. Sólo observaba el panorama. Cielo gris, viento frio y mi enamorada apunto de besarse con otro. No quise hacer ningún sonido, no quería que me viera. Gonzalo, con ímpedud de hombre, le recogió el cabello de la cara hasta las orejas, y procedió a mostrar como es un beso y Marissa no mostró ninguna resistencia. Los vi unos segundos moviendo los labios. VOlvieron a ponerse frente a frente y como si tuviera el poder de llamar con la mente, lo hice. Marissa volteó la cabeza y me vio parado con la cara del más idiota del planeta. La vi a los ojos, no con odio, sino con una desepción absoluta. Bajé el rostro y retrocedí los escalones. Y quería irme a cualquier lado. seguí bajando y caminando. Voltié para ver si por lo menos tenía el valor de seguirme para explicarme qué fue lo que vi, pero no lo hizo. Seguí bajando las escaleras y llamé a mi hermano mayor, que llame al colegio para poder retirarme que era una emergencia. Mi hermano me apoyó. Salí del colegio, caminé hasta la esquina, entré a una bodega, compré 4 cajetillas de cigarros y un litro de ron puro. Pagué y fui a mi casa caminando.
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