martes, 11 de mayo de 2010

Caída libre - Capitulo VII - Porque cantando se alegra Cielito, lindo los corazones.

Me levanté tarde, aún pensativo con aquel sueño. Entré al baño a darme una ducha, a relajarme unos minutos con el agua caliente callendo a mi espalda. Me puse mi ropa apuradamente, zapatillas blancas, jean azul oscuro, una camiza de cuadros con un polo blanco adentro. Cogí mis cosas y salí a la carrera. Tomé un taxi y fui a la academia. Llegué y el coordinador estaba en la puerta y me dijo que ya era tarde, le rogué para que me dejace entrar, pero el siguió firme con su decisión. Entré a la habitación dónde esperan los que llegaron tarde hasta que termine la primera hora de clase, para poder pasar. Estaba fastidiado, era mi 3ra tardanza en un mes. Me senté y saqué mi guía de letras y comencé a leer, a estudiar. Tenía que aprovechar la hora.

Leía entretenidamente un texto sobre, cómo los pinguinos machos soportan las gélidas temperaturas empollando a sus huevos, y de pronto, una chica entró a aquella habitación, húmeda y silenciosa. Se sentó a dos sillas a la derecha de donde yo estaba, se notaba que también estaba fastidiada.

Ella también sacó su libro y comenzó a leer. Por lo que pude notar, se llamaba Andrea Rodríguez. Era una chica de piel blanca, ojos de color marrón claro, cabello castaño hasta los hombros, delgada, con un lunar cerca a su nariz (le queda hermozísimo). Como para hacerme notar le pregunté qué hora tenía, pero me miró, luego cambió su mirada a su brazo y dijo: '¿Acaso tengo reloj?' y siguió viendo su libro. Yo me quedé estático, estaba completamente seguro que me hice notar. No le di importancia y seguí leyendo. El coordinador entró y dijo que ya podíamos ir a nuestros salones. Las 6 personas que estábamos ahí, hicimos caso a lo que dijo y nos fuimos rápidamente. Pasaron las 8 horas de estudio y sonó el timbre de salida, bajé las escaleras y vi aquella chica que me mandó a rodar, sólo por preguntarle qué hora tenía. Seguí caminando y aquella chica comenzó a decir.

- Amigo, joven- sabía que se dirigía a mí, pero no hacía caso (me choteó bien feo, ¿qué hago?).
Seguí caminando dando caso omizo a la chica. Sentí que corrió, y me tocó el hombro y voltié.

- Hola- le dije volviendo a caminar.
- Espera, por favor- dijo. Al escuchar el 'por favor', paré y volví a voltear.
- ¿Qué sucede?- le pregunté como si nada hubiese pasado.
- Quería disculparme por la manera de cómo te traté hoy dia en la mañana- dijo con una voz dulce y arrepentida.
- Ahmm, no- le dije serio y con una pisca de amargura.
- ¿Qué?- sobresaltó un poco, algo confundida- bueno, ya me disculpé, si quieres ser un inmaduro... eso depende de ti.
De pronto, aquella chica se dio media vuelta y comenzó a caminar. Estando a 3 metros de la puerta de la academia, grité:
- ¡Qué resentida eres!
Ella voltió y grito:
- ¡Todavía qué me disculpo y te botas!
Me acerqué a ella y dije:
- Hay que hablar un poco bajo porque toda la gente nos está viendo. Y no me boto, era broma- dije susurrando.
- Hay que chistoso- dijo susurrando y con mucho sarcasmo.
- Thomas- dije extendiendo mi brazo y mi mano abierta, como para darle la mano.
- Cielo- respondió cogiendo mi mano y balanceándose de arriba a abajo.
Derrepente, como un rayo, se me vino a la mente Daniella. Le dije a Cielo (por cierto, qué bello nombre) que tenía que irme. Ella entendió y dijo que también tenía que irse. Entonces, aceleré el paso hasta llegar al paradero.

Luego de 3 minutos, llegué. No había nadie. Espere y esperé y Daniella, no aparecía. Entonces decidí irme. De pronto, alguien me tocó el hombro. Podía ser Daniella, al fín la vería después de 3 días, voltié rápidamente con una sonrisa inmenza, pero no era Daniella, era Cielo.
- Tu no eres Daniella- dije sacando la sonrisa de mi cara.
- No, soy Cielo, ya te lo había dicho, ¿verdad?- dijo.
- Si si, estaba esperando a un amiga- le dije aún algo desilusionado.
- Yo tomó el autobus aquí.
- Yo también, pero creo que esperaré a Daniella.
Parado ahí, en ese lugar, sonó mi celular, era mi madre. Contesté y me dijo que llegará a casa temprano porque quería que la ayudara en algo. Entonces, decidí subir al autobus y ya no esperar a Daniella. Llegó el gran bus y subí con Cielo. Ella se sentó en la parte de adelante y yo en la parte de atrás. Pasaron unos 10 minutos, y faltaban dos paraderos para llegar al mío. De pronto ví que bajó Cielo. Suponía que vivía a un paradero antes que yo. Bajé del autobus y me dirigí a mi hogar con una dulce tristeza. Conocí a una chica bellízima pero no ví a la que robo mi corazón.

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